domingo, 11 de septiembre de 2016

POEMA DE ANTONIO NELLA CASTRO

¿Qué te diré esta noche? ¿Te hablaré de los años
que anduve entre los trenes de la estación de Guemes?
¿Te diré que mi abuela, que vino de Sicilia, 
nunca habló en español?
¿Que mi abuelo Vicente volvió un día a sus islas
por un mar de cianuro?
¿Qué te diré esta noche que duela tan hermoso?
¿Qué nos dirá este fuego
que siempre trae palabras
de muertos profundísimos?
¿Qué parte de nosotros
saldrá de sus cenizas?
¿Me mostrará mi madre
pedaleando en la  "Singer" el guiso de fideos?
¿O a mi padre cesante
anegando de culpas sus tibios ojos grises?

-Aveces, siento lejos
el olor de la vida.
Soy el que me estoy yendo.
Un niño moja mi alma como pan en la leche.
Y mis dedos se quedan
revolviendo la taza.

De Margarita, el Fuego y yo
Antonio Nella Castro

Nació en Salta en 1921 y se radicó desde los 26 años en Capital Federal. Ha publicado, en poesía: Tiempo de acuarela (1945), La elegía heroica (1950), El potro pintado (1959) y Baguala solamente (1972). En narrativa publicó La mestiza (1957), El ratón (1970, Premio Planeta de Argentina) y Crónica del diluvio (1986). En 1973 la Sociedad Argentina de Escritores lo distinguió con la Faja de Honor por su libro Baguala solamente (Primer Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires). Permanecen inéditas su novela El útero de ladrillos (novela) y una antología de su obra poética, así como su obra de teatro "Los ojos azules como papá". Falleció en Salta, el 22 de julio de 1989.

En la novela Crónica del diluvio (1986) de Antonio Nella Castro, la función de la estructura de la crónica es desafiada para erguirse en relato paródico de la humanidad. Esta narración, que conjuga las facetas genesíacas y apocalípticas expresadas en la forma de relato genealógico del Antiguo Testamento, ubica a Noé en el filo de las tradiciones y de la historia. En esta versión, el cronista re-escribe su genealogía, evalúa la historia y la actuación de los hombres dentro de ella. Allí, la historia universal se presenta como una mera sucesiónde ciclos siempre idénticos, en los que los hombres representan un "único libreto".


jueves, 31 de marzo de 2016

POEMA: IRUYA de Manuel J. Castilla

Iruya
de Manuel J. Castilla
a Juan Solís y María Eugenia 

Yo estuve viendo al hombre cuando alzaba la sombra de su casa
de hebra en hebra como un barracán tibio,
Vi sus manos lamiendo dócilmente trozos de piedra y barro.
Con uñas enlutadas lo he visto hacer en greda y pasto en sueño
la primera pared, el primer pecho de hombre sobre la cordillera,
lo he visto moldeando la cenicienta cara del silencio,
tomar el cielo entero, oscurecer su entraña mas celeste
y meterla en su casa como un trozo de lampara apagada.

Yo he visto hacer a Iruya.

Iba quiscudo, lleno de pajas bravas sobre el hombro para tapar lluvias.
Alzaba agua cantora de la boca del río soñoliento.
Lo vi batiendo el barro con el ala tiznada de los cóndores
como una pala de noche y de infinito.
Después que estuvo todo, hundía una a una la semilla en los cerros.
Un trigo, lleno de un pan dormido todavía, le doraba los ojos
como un viento que vuelve de hundir su pelo en los jardines
y sobre su hambre al aire los habales esbeltos
y el maíz amarillo desparramado y quieto como un tigre dormido.}

Iruya estaba creada para siempre.

Blanca sobre la alzada palma del abismo
iba de dedo en dedo en las manos del hombre endureciéndose
y por los pedregales de sus cumbres, en acullicos secos,
por un alcohol forzudo trepaba miedo arriba.
Quise arrimarle fuego y mi fuego fue verde
porque mi leña era suave leña de musgo de apacheta
y ese humo lo ceñía y le cantaba
igual que un vino tierno.

Yo estuve viendo al albañil arrodillado. Su sombra iba pensando.
Lo he visto entre campanas que soltaban sus pájaros sonámbulos,
medio enterrado casi por sus dioses brutales
atropellar la virgen más celeste del cielo, corajearle,
y con un toro de cartón astearle polleras y puntillas.
Yo he visto cómo
con la cabeza blanca de un caballo saliendo de su vientre,
bufando él mismo, atado,
su miedo la adoraba entre rosadas rosas solitarias.

Entonces llegó el toro de la música. Su arena sollozante brotando de una caña melancólica.

Nadie lo vio morirse mugiendo y celebrándose
ni miró su cordero lanudo degollado y latiendo,
nadie le dio a la tierra su sangre pobre, muda y clamante,
nadie escuchó a las cajas machacar convocándolo.

Dios dentro de él cantaba puñaleado.

Nadie sintió su baba pegajosa empapando sus hombros,
nadie bebió el aliento de sus ángeles rojos apagándose,
nadie oyó en ese toro, herida tras herida, su melodía volcánica.

Nadie vio al toro,
nadie lo oyó en el cuerno de su erquencho acezando
ni entre sus tropezantes borbotones se hundió nadie
y nadie con su legua lamió la tierra yerma
ni ha sentido su sapo lunoso atormentado,
nadie miró ese toro que mugiendo caía
de su cielo inocente, desgranado.

Ya no la tierra abriéndose a las lluvias,
ya no los rayos donde Dios hierve furias,
ya no los minerales hundidos refregándose tristes,
ya no los viejos dioses desnudos azotándose
con cañas de maíz a los pies de la noche, 
ya no,
ya no,
ya nada estaba allí dentro del toro,
en su bramido roto, parturiento y lloroso, ya no, ya nada,
nada,
sólo Iruya.

de Manuel J. Castilla Obras Completas Pág. 300
EUDEBA- Cultura Salta



sábado, 12 de marzo de 2016

POEMA: Baguala de la Chinita de Antonio Nella Castro

BAGUALA DE LA CHINITA
de Antonio Nella Castro

La madre tuvo seis hijos
De distintos padres.
La gente del cerro Dice 
que donde hay yeguas potros nacen.
Jacinta
Era la más grande.
Y tenía como doce años
Cuando la dieron para que no se muriera de hambre.
Total hasta Dios
Regaló una vez un hijo de su sangre.
Fue a parar a una familia de clase media:
La señora ama de casa, el marido comerciante.
De entrada nomás la proveyeron
De dos vestidos viejos, un catre,
Un par de zapatillas
Y un peine para despiojarse.
Y a puro jabón y trapo le sacaron la mugre
Hasta hallarle el color de la carne.
Fue como si de pronto
A todo el valle
Le borraran
El paisaje.
O como si de repente
Se hubiera puesto insulso el aire.
La comida no era mucha.
Pero sobraba para alimentarse.
Y podía descansar un rato
Por las tardes
Hasta la hora
De cebar el mate.
Eso sí:
Ni hablar de pagarle.
Con que la criaran
Ya tenía bastante.
Y Jacinta fue creciendo
Como los árboles.
De sólo estar. Hasta que un día
Casi sin darse cuenta parió un hijo de nadie.
Un cachorro angustioso
Desbordado de todas márgenes.
Una guagua del viento
Tirada como una piedra más entre los arenales.
Un animal profundo y lastimado
Brutalmente de balde.
Después… Después volvió a los cerros
Y allí, como su madre,
Jacinta tuvo seis hijos
De distintos padres.

Antonio Nella Castro (1921-1989). Poeta, escritor y autor teatral. Estuvo muy vinculado al movimiento folclórico de su provincia natal, Salta, al que entregó la "Zamba del chaguanco", entre otros memorables temas. Desde muy joven se radicó en Buenos Aires. Recibió el Premio Municipal de Poesía y el Premio Provincial Salta, este último otorgado por el diario "Clarín". Su obra narrativa "El ratón" obtuvo el Tercer Premio en el 17°Concurso Internacional de editorial Planeta. "El duende y la luna" y "Los ojos azules como papá" son dos de sus obras de teatro. Es su poesía un resumen de la gente del lugar que lo vió nacer y del paisaje que contiene esa humanidad con todas sus desdichas y su magras esperanzas. "Baguala solamente", "Tiempo de acuarela, "La elegía heroica" y "El potro pintando" son algunos de sus libros de poemas.



POEMA: Orden Social de Walter Adet



ORDEN SOCIAL
de Walter Adet

Enseñan a escribir en las escuelas y a leer
entrelíneas en las cárceles,
persuaden a los gatos regándolos, rociándolos.

Contradecirlos
es hacer un nido
en el sombrero
del espantapájaros.

En la otra vida
allanarán la imprenta
donde publica hojas
inéditas el árbol.



Nació en Salta el 3 de diciembre de 1931 y falleció en esta misma ciudad el 9 de octubre de 1992. Trabajó como periodista y desarrolló una notable producción poética que alternó con estudios puntuales sobre la historia y la literatura de Salta. Publicó los siguientes libros de poesía: En el sendero gris (sonetos, Salta, 1962) Canciones de una rosa (plaqueta, Córdoba, 1966); El aire que anochece (Salta,1971) ;Memorial de Jonás (Salta, 1981) ;La casa donde soy (carpeta -de poemas con ilustraciones de Antonio Yutronich, Salta, 1984) ;Los oficios (antología, Salta, 1987) y El hueco (antología, edición póstuma, Madrid 1992 y Salta, 1992). Publicó numerosos ensayos. 

POEMA: Juan del Aserradero de Manuel J. Castilla

Juan del Aserradero
de Manuel J. Castilla

Juan del Aserradero se ha embriagado
y hace como dos horas que duerme en la vereda.
Ayer, Juan ha cobrado
y en el bolsillo apenas si tiene una moneda.

Juan del Aserradero
tirado en la vereda
se parece a los perros.

Y para que el solazo no le queme la cara
y se despierte luego,
el yuchan de la calle
tira sobre sus ojos sombra como un pañuelo.

Changuanco, como pocos,
Juan del Aserradero
quiere olvidar la sierra
y se duerme en el suelo,
pero la sierra vuela
por encima del pueblo,
se torna una cigarra
y le asierra su sueño.

Del Libro: Luna Muerta 1943

martes, 8 de marzo de 2016

HAIKUS de Jorge Luis Borges

17 Haikus
Jorge Luis Borges

1

Algo me han dicho
la tarde y la montaña.
Ya lo he perdido.

2

La vasta noche
no es ahora otra cosa
que una fragancia.

3

¿Es o no es
el sueño que olvidé
antes del alba?

4

Callan las cuerdas.
La música sabía
lo que yo siento.

5

Hoy no me alegran
los almendros del huerto.
Son tu recuerdo.

6

Oscuramente
libros, láminas, llaves
siguen mi suerte.

7

Desde aquel día
no he movido las piezas
en el tablero.

8

En el desierto
acontece la aurora.
Alguien lo sabe.

9

La ociosa espada
sueña con sus batallas.
Otro es mi sueño.

10

El hombre ha muerto.
La barba no lo sabe.
Crecen las uñas.

11

Ésta es la mano
que alguna vez tocaba
tu cabellera.

12

Bajo el alero
el espejo no copia
más que la luna.

13

Bajo la luna
la sombra que se alarga
es una sola.

14

¿Es un imperio
esa luz que se apaga
o una luciérnaga?

15

La luna nueva
ella también la mira
desde otro puerto.

16

Lejos un trino.
El ruiseñor no sabe
que te consuela.

17

La vieja mano
sigue trazando versos
para el olvido.

La cifra, 1ra ed. Buenos Aires, Emecé, 1981. 
1ra ed. Madrid, Alianza Editorial, 1981. Col. Alianza Tres, 159.

sábado, 27 de febrero de 2016

15 DEFINICIONES DEL DICCIONARIO DEL DIABLO: de Ambrose Bierce Parte 1

Abandonado. El que no tiene favores que ofrecer. Despojado de fortuna. Amigo de la franqueza y el sentido común.

Aborígenes: Criaturas de limitado mérito que obstaculizan el suelo de un país recién descubierto. Pronto dejan de estorbar; entonces, fertilizan.

Aburrido: Dícese de la persona, que cuando uno quiere que escuche, habla.

Academia: Antigua escuela donde se podía aprender moral y filosofía. Escuela moderna donde se enseña futbol, danza y otras cuestiones.

Acordeón: Instrumento que se encuentra en armonía con los sentimientos de un asesino.

Aflicción: Procesos de adaptación que prepara al alma para soportar otro mundo más cruel.

Agitador: Estadista que para expulsar gusanos, agita los frutales del vecino.

Ambición: Deseo obsesivo de ser, en vida, calumniado por nuestros enemigos, y ridiculizado por los amigos después de la muerte.

Aplauso: El eco de una necedad. Monedas con el que el populacho homenajea a quien los hace reir y los despedaza.

Anormal: Que no responde a la norma. En cuestiones de Pensamiento y conducta, ser anormal es ser independiente, y ser anormal es ser condenado. Por lo tanto, el autor aconseja parecerse más al Hombre Medio que a uno mismo. Quien lo consiga, obtendrá la paz, la perspectiva de la muerte y la esperanza del infierno.

Armadura: Vestimenta que usa el hombre cuyo sastre es un herrero.

Bailar: Saltar al compás de una música alegre, preferentemente abrazando a la esposa o la hija del vecino. Hay muchas clases de baile, pero todos los que demandan la participación de ambos sexos tienen dos cosas en común; son ciertamente inocentes y gustan mucho a los libertinos.

Belleza: Cualidad femenina que seduce al amante y aterra a un marido.

Cañon: Utensillo empleado en la rectificación de las fronteras.

Circo: Lugar donde se permite a caballos y elefantes contemplar a hombres, mujeres y niños haciendo el papel de tontos.



Influenciado por H. P. Lovecraft, Bierce publicó El Diccionario del Diablo, una obra interesante y actual, en cuyas definiciones impera el humor negro, el sarcasmo y la ironía. La idea de este libro fue dejar plasmada una crítica hacia la sociedad y a los diversos arquetipos y etiquetas políticamente correctas. Este libro publicado en 1906 le valió el mote de El Amargo.

CUENTO: ARENA de Alejandro Dolina

ARENA
de Alejandro Dolina

Los paganos admitían la existencia de divinidades toscas, imperfectas, chapuceras.
Los dioses no sólo estaban sujetos a toda clase de vaivenes éticos sino que también cometían numerosos errores en el ejercicio de su profesión: creaban universos endebles, se dejaban engañar por los humanos, desconocían el futuro, fallaban en sus cálculos.
Las grandes religiones monoteístas acuñaron la idea de la infalibilidad divina, de un poder sin grietas.
No es nuestro propósito ejercitarnos ociosamente en la lógica para entretenernos con esas paradojas que tanto divierten a los gandules agnósticos. Ahorraremos al lector la modesta perplejidad de pensar si Dios es capaz de crear un objeto tan pesado que él mismo no pueda levantar.
Sin embargo, la historia de la arena comienza con una distracción de un Dios omnipotente.
Las tradiciones islámicas dicen que, habiendo finalizado la creación, el Señor advirtió que faltaba la arena. Grave defecto, si bien se mira. Los hombres estarían privados de la deliciosa voluptuosidad que sienten al caminar junto a los mares. El fondo de los ríos sería siempre ríspido, los arquitectos carecerían de un material indispensable, los caminos no podrían suavizarse, las huellas de los enamorados serían invisibles.
Dispuesto a remediar su olvido, Dios envío al arcángel Gabriel con una enorme bolsa de arena a que la desparramara allí donde fuera necesario.
Pero el Enemigo trabaja siempre para estropear la obra divina. Mientras Gabriel volaba con su carga inconcebible, el diablo le agujereó la bolsa. Esto sucedió exactamente sobre la región que hoy es Arabia. Casi toda la arena se volcó en ese lugar, de modo tal que las nueve décimas partes del país quedaron convertidas para siempre en un desierto de arena.
Advertido de esta catástrofe, Dios resolvió ofrecer a los árabes algunos dones compensatorios.
Les dio un cielo lleno de estrellas como no hay otro, para que miraran siempre hacia lo alto.
Les dio el turbante, que bajo el sol del desierto es mucho más valioso que una corona.
Les dio la tienda, que es mejor que un palacio.
Les dio la espada. Les dio el camello. Les dio el caballo.
Y les dio algo más precioso que todas las otras cosas juntas: la palabra, el oro de los Arabes.
Otros pueblos modelan en la piedra o los metales. Los árabes modelan en el verbo.
El poeta ( el chair ) es sacerdote, juez, médico, jefe. El poeta es poderoso: puede traer alegría, tristeza, encono. Puede desencadenar la venganza y la guerra. Puede matar con la palabra.

Los errores de Dios, como los de los grandes artistas, como los de los verdaderos enamorados, desencadenan tantas reparaciones felices que cabe desearlos.


Extraído del Libro del Fantasma- Planeta-2005

viernes, 22 de enero de 2016

POETAS MALDITOS: POEMA: EL CUERVO DE EDGARD ALLAN POE

El Cuervo
de Edgard Allan Poe

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
"Es -dije musitando- un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más."

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.
Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
"Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más."
Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
"Señor -dije- o señora, en verdad vuestro perdón imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía."
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.
Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: "¿Leonora?"
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: "¡Leonora!"
Apenas esto fue, y nada más.
Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
"Ciertamente -me dije-, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio."
¡Es el viento, y nada más!
De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.
Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
"Aun con tu cresta cercenada y mocha -le dije-.
no serás un cobarde.
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!"
Y el Cuervo dijo: "Nunca más."
Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: "Nunca más."
Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
"Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas."
Y entonces dijo el pájaro: "Nunca más."
Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
"sin duda -pensé-, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de "Nunca, nunca más."
Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir graznando: "Nunca más,"
En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!
Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
"¡Miserable -dije-, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!"
Y el Cuervo dijo: "Nunca más."
"¡Profeta! exclamé-, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!"
Y el cuervo dijo: "Nunca más."
"¡Profeta! exclamé-, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!"
Y el cuervo dijo: "Nunca más."
"¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! -le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: Nunca más."
Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!

viernes, 15 de enero de 2016

POETAS MALDITOS: POEMA: MIENTRAS ANDA LA HORA - CLAUDIO DE ALAS

Mientras anda la Hora
de Claudio de Alas

-Doctor; sigue esta fiebre
que el alma me entenebre,
implacable y brutal como si fuera
mi vida toda que al rodar callada
espera, espera...y siempre espera
una sonrisa lastimera
de unos labios callados cual los míos...

-Doctor; mi carcajada desolada y cansada
llena de afán mi jornada
tiene la muda soledad de los desiertos...

-Doctor; vuestra ciencia suprema
para mi mal- mal de los muertos—
Es una luz. cuyo fulgor no quema.
—Doctor; dejadme quieto!
Prefiero antes que el hombre, el esqueleto.

Perdonadme, Doctor... Soy el enfermo.
que únicamente callo cuando duermo..

...Espero una visita.
Es una Dama pálida y silente.
Hace tiempo. Doctor, me dio una cita,
y la espero esta noche blandamente...

-Doctor; alguien toca la puerta...
Abrid! ¿Es ella acaso?
Ella es...! Doctor, viene encubierta:
indicadle el camino, dadle paso,
y no toquéis su túnica de raso,
porque oculta el Misterio seriamente..!

Buenas noches, dulce amiga lejana.
os esperaba... adelante. Señora...

—Doctor; esa campana.
¿por qué sin ser la hora. da la hora
y esparce, su lamento?
qué descanso que siento,
mi querido Doctor.

Enmudecido de temor;
qué descanso, doctor!...

Este pensar horrible de mi pensamiento,
de mar en furia, es límpido remanso. . .
No tengo frío, mi querido Doctor,
algo pasa sobre mi corazón. . . algo que no me duele!
Será que ya murió mi corazón?

Algo me impele
hacia la barca azul, en que el laurel
hecho ritmo, y verdor y resplandor,
tiende un abrazo redentor,
mi sabio y muy admirable, mi señor Doctor:
—Perdonad al enfermo, y su candor.

—Lo más cerca de mi, Señora...
Soy un niño muy triste...
y hace tiempo que lloro.
No recordar en qué consiste;
lo dulce de tu cita, triunfará.
Dadme un beso, oh. Señora!
Dadme el beso callado y no comprado,
de tus labios siniestros, por los mudos.

Señora, y a mi lado.
estrechemos los músculos desnudos,
para dormir. . .
Morir. . . ? 

Diez minutos después el poeta se abría la frente de un tiro. 
Nota del compilador



Juan José de Soiza Reilly, compilador testamentario de Jorge Escobar Uribe –tal era el nombre verdadero de de Alas- nos cuenta que el poeta nació a fines del siglo dieciocho en el seno de una familia de la élite colombiana; de adolescente se hizo revolucionario y luego de pelear en guerras civiles abandonó su patria, viviendo en Ecuador, Perú y Chile. Fue en este último país donde alcanzó la fama en los Juegos Florales que ganó Gabriela Mistral con los "Sonetos de la muerte" en 1914, donde obtuvo una mención con un "Salmo de amor" en castellano medieval. Pero él pensaba que “triunfar en Buenos Aires era la gloria más hermosa a que puede aspirar un poeta”, y vino.

Sin embargo, cuando el compilador conoció al poeta y éste le contó su deseo de triunfar en estas tierras, le advirtió:

- Vea amigo, si usted quiere triunfar, váyase hoy mismo. Huya. Vuele. Aquí nadie triunfa. Aquí sobrevivimos. Nada más.

No le hizo caso nuestro poeta y se dedicó al ejercicio del periodismo con discreto éxito. Un pintor inglés lo alojó en su casona de Bánfield “hasta que encuentres quien te pague mejor” Allí escribía, leía y traducía a su querido Oscar Wilde, y siempre lo acompañaba un viejo perro que vivía con el pintor.

El 5 de marzo de 1918 de Alas se suicidó en la casa de su amigo. Nos cuenta su compilador:

“Los 32 años de edad que tenía le pesaban como si hubiera vivido siempre en la opulencia…Atardecía…Encerróse en su habitación. Lloró sobre estos pobres papeles floridos de versos y escribió tres cartas” Una fue para su hermano, otra para el pintor que lo hospedaba y la última para un amigo a quien le cuenta ese “dolor enorme de sentirse solo ante la vida implacablemente hostil”

Como cumpliendo un extraño pacto de amistad, primero mató al viejo perro que lo había adoptado. Y el segundo balazo fue para él mismo. Fuente de la biografía: poeticous.com 

domingo, 20 de diciembre de 2015

LECTURA: Fragmento del Libro EL IMPERIO BRITANICO de Richard Gott

Fragmento del Libro
EL IMPERIO BRITÁNICO
de Richard Gott

Cap: 22 - La Resistencia en Sudáfrica, Sudamérica y Egipto (Fragmento)

(…)El almirante Popham navegó ahora por su propia cuenta a través del atlántico sur, buscando capturar al Virreinato español del Rio de la Plata y su capital Buenos Aires. Su flota pirata se detuvo para tomar refuerzos en el camino, en la isla atlántica de Santa Helena. Los colonos españoles habían estado viviendo en Sudamérica mucho más tiempo que los holandeses en Sudáfrica, y también habían sido afectados por los levantamientos europeos en las secuelas de la Revolución Francesa. (…)
Los colonos y los esclavos fueron tomados por sorpresa cuando unos 1500 soldados británicos desembarcaron el 17 de junio en la costa sureña del Río de la Plata, cerca de Buenos Aires y solo ofrecieron una esporádica resistencia a las tropas comandadas por el Coronel William Beresford. La ciudad se rindió en 10 días, y 58 miembros de la elite gobernante se prestaron a jurar obediencia al rey George de Inglaterra, mientras el marqués de Sobre Monte, el virrey español, huía hacia Córdoba, en el interior del continente. Los habitantes de Buenos Aires estuvieron sumidos en la confusión durante unas pocas semanas sin gobierno. Luego comenzaron a responder de una manera más apropiada.
De la población de la ciudad-cerca de 50000 personas- solo 10000 eran blancos, unos 6000 eran esclavos negros, mientras que la mayoría eran indios y mestizos de distintas razas, descritos de formas diversas como pardos, morenos y chinos. Varios miles de hombres de esta heterogénea población –indios, criollos y españoles- fueron organizados por los colonos blancos en una triple fuerza miliciana capaz de confrontar a la guarnición británica establecida en el centro de la ciudad.
(…) Beresford se rindió el 12 de agosto, un evento conocido como “la Reconquista” por las generaciones posteriores de argentinos. El Almirante Popham escapó  a su buque insignia, frente a la costa y se retiró río abajo.
(…) La fuerza expedicionaria de Craufurd a Chile pronto fue obligada a desviarse hacia el Río de la Plata para ayudar a recuperar el daño sufrido por la derrota de Beresford. La armada de Auchmuty, que se unió a los refuerzos que venían desde Sudáfrica, acampó en la orilla norte del río y capturó la ciudad de Montevideo en febrero de 1807. El honor exigía a los británicos recapturar Buenos Aires y nuevos refuerzos fueron enviados desde Gran Bretaña ese año: una tercera flota, a las órdenes del general John Whitelocke.
(…)Pero cuando Whitelocke y el coronel Craufurd atacaron, a principios de julio, las milicias locales en Buenos Aires ya estaban bien preparadas y lograron una victoria resonante.
Dirigidas por colonos blancos, pero compuestas en su mayoría por gauchos, negros e indios, las milicias fueron más eficaces que las del año anterior.
(…) Luego de la victoria, las tropas de Withelocke fueron llevadas por las calles de la ciudad. Su humillante derrota a manos de indios y negros fue registrada en el diario de un oficial británico, el coronel Lancelot Holland “nada podía ser más mortificante que nuestro paso a través de la calle en medio de la chusma que nos había conquistado. Eran personas de piel muy oscura, de baja estatura y deformes, cubiertas de trapos, armados con largos mosquetes y algunos con una espada. Entre ellos no había ni orden  ni uniformidad”. (…) Los desastres militares llevaron a otra corte marcial, donde Whitelocke resultó menos afortunado que el almirante Popham. Fue expulsado del ejército y “declarado totalmente incapaz e indigno de servir a su Majestad en ninguna actividad militar”


Fuente: El Imperio Británico - Capital Intelectual - 2013

RICHARD GOTT

Nació en Ashton Tirrold, Inglaterra, en 1938. Es periodista e historiador británico, especializado en temas latinoamericanos. Graduado en historia de la Universidad de Oxford, trabajó en los años 60 y 70 en la Universidad de Chile, donde escribió Guerrilla Movements in Latin America (1970). Fue corresponsal y editor del diario The Guardian durante 35 años. Actualmente es investigador honorario del Institute for the Study of the Americas de la Universidad de Londres y miembro del South Atlantic Council, un grupo de intelectuales y políticos creado en 1983 en Londres que promueve un tratado de paz para las Islas Malvinas. Entre sus principales libros se cuentan Cuba: a New History (Yale University Press, 2004) y Hugo Chávez and the Bolivarian Revolution (Verso, 2005).

domingo, 15 de noviembre de 2015

POEMA: POEMA XX de Pablo Neruda

Poema 20
de Pablo Neruda


 Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: " La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
 

POEMA: EL GOZANTE de Manuel J. Castilla en la voz de Juan Palomino

El Gozante
 de Manuel J. Castilla
Poeta de Salta
(Excelente interpretación de Juan Palomino para Canal Encuentro) 



Me dejo estar sobre la tierra porque soy el gozante.
El que bajo las nubes se queda silencioso.
Pienso: si alguno me tocara las manos
se iría enloquecido de eternidad,
húmedo de astros lilas, relucientes.
Estoy solo de espaldas transformándome.
En este mismo instante un saurio me envejece y soy leña
y miro por los ojos de las alas de las mariposas
un ocaso vinoso y transparente.
En mis ojos cobijo todo el ramaje vivo del quebracho.
De mi nacen los gérmenes de todas las semillas y los riego llorando con rocío.

Sé que en este momento, dentro mío,
nace el viento como un enardecido río de uñas y de agua.
Dentro del monte yazgo preñado de quietudes furiosas.
A veces un lapacho me corona con flores blancas
y me bebo esa leche como si fuera el niño más viejo de la tierra.

Miro los cachos del banano,
veo arañar sus dulces dedos de oro
y en las sandías
los genitales verdes del verano llenan mi corazón de poblaciones.
Siento que estoy tapado por luciérnagas
y que en mi pelo crece la niñez del relámpago.

Lo que pisa mi piel igual que arena lo traga para siempre.
La sombra de los pájaros es como un agua negra que acaricia mi nuca.
Una hormiga me deja su ají breve en la boca
y me voy a los tumbos en la noche
por el agujereado camino de los sapos.
¿Quién me arrima la paz de la tortuga?
¿Quién desempoza el tiempo de su cáscara?

Soy el que por la piedra lechosa del quirquincho
bebe en miel las abejas
como el rocío maduro de la música.
¿A dónde irán mis ojos llenos de hojas?
¿Por dónde en ellos vagará el cielo yéndose?

Me mira Dios y sé que aquí, yaciendo,
lo estoy haciendo despaciosamente.

De cara al infinito
siento que pone huevos sobre mi pecho el tiempo.
Si se me antoja, digo, si esperase un momento,
puedo dejar que encima de mi ingles
amamante la luna sus colmillos pequeños.

Miren mis ojos cuando yo estoy pensando a ver si es que les miento.
Zorros la cola como cortaderas,
gualacates rocosos,
corzuelas con sus ángeles temblando a su costado,
garza meditabundas
yararás despielándose,
acatancas rodando la bosta de su mundo,
todo eso está en mis ojos que ven mi propia triste nada y mi alegría.

Después, si ya estoy muerto,
échenme arena y agua. Así regreso.

POEMA: POEMA XV de Pablo Neruda


POEMA XV
de Pablo Neruda


Me gustas cuando callas porque estás como ausente, 
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. 
Parece que los ojos se te hubieran volado 
y parece que un beso te cerrara la boca. 

Como todas las cosas están llenas de mi alma 
emerges de las cosas, llena del alma mía. 
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma, 
y te pareces a la palabra melancolía. 

Me gustas cuando callas y estás como distante. 
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo. 
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza: 
déjame que me calle con el silencio tuyo. 

Déjame que te hable también con tu silencio 
claro como una lámpara, simple como un anillo. 
Eres como la noche, callada y constelada. 
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo. 

Me gustas cuando callas porque estás como ausente. 
Distante y dolorosa como si hubieras muerto. 
Una palabra entonces, una sonrisa bastan. 
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

domingo, 1 de noviembre de 2015

POEMA: LA CASA de Gabriela Mistral

La Casa
de Gabriela Mistral



La mesa, hijo, está tendida 
en blancura quieta de nata, 
y en cuatro muros azulea, 
dando relumbres, la cerámica. 
Ésta es la sal, éste el aceite 
y al centro el Pan que casi habla. 
Oro más lindo que oro del Pan 
no está ni en fruta ni en retama, 
y da su olor de espiga y horno 
una dicha que nunca sacia. 
Lo partimos, hijito, juntos, 
con dedos duros y palma blanda, 
y tú lo miras asombrado 
de tierra negra que da flor blanca. 


Baja la mano de comer, 
que tu madre también la baja. 
Los trigos, hijo, son del aire, 
y son del sol y de la azada; 
pero este Pan «cara de Dios»
no llega a mesas de las casas. 
Y si otros niños no lo tienen, 
mejor, mi hijo, no lo tocaras, 
y no tomarlo mejor sería 
con mano y mano avergonzadas. 


Hijo, el Hambre, cara de mueca, 
en remolino gira las parvas, 
y se buscan y no se encuentran 
el Pan y el hambre corcovada. 
Para que lo halle, si ahora entra, 
el Pan dejemos hasta mañana; 
el fuego ardiendo marque la puerta, 
que el indio quechua nunca cerraba, 
¡y miremos comer al Hambre, 
para dormir con cuerpo y alma!

sábado, 17 de octubre de 2015

POEMA: BARRACAS DEL PLATA EN COLONIA de Alfonsina Storni



Barrancas del Plata en Colonia
de Alfonsina Stoni

Redoble en verde de tambor los sapos
y altos los candelabros mortecinos
de los cardos me escoltan con el agua
que un sol esmerilado carga al hombro.

El sol me dobla en una larga torre
que va conmigo por la tarde agreste
y el paisaje se cae y se levanta
en la falda y el filo de las lomas.

Algo contarme quiere aquel hinojo
que me golpea la olvidada pierna,
máquina de marchar que el viento empuja.

Y el cielo rompe dique de morados
que inundan agua y tierra; y sobrenada
la arboladura negra de los pinos.



De: Mascarilla y trébol




Nació el 29 de Mayo de 1892 y falleció el 25 de Octubre de 1938. La familia Storni -el padre de Alfonsina y varios hermanos mayores- llegó a la provincia de San Juan desde Lugano, Suiza, en 1880. Fundaron una pequeña empresa familiar, y años después, las botellas de cerveza etiquetadas «Cerveza Los Alpes, de Storni y Cía», circulan por toda la región. Los padres de Alfonsina viajaron a Suiza en el año 1891, junto con sus dos pequeños hijos. En 1892, el 29 de mayo, nació en Sala Capriasca Alfonsina, la tercera hija del matrimonio Storni. Llevó el nombre del padre, de un padre melancólico y raro. Más tarde le diría a su amigo Fermín Estrella Gutiérrez: «me llamaron Alfonsina, que quiere decir dispuesta a todo».

Alfonsina aprendió a hablar en italiano, y en 1896 vuelven a San Juan, de donde son sus primeros recuerdos. En 1907 llega a Rosario la compañía de Manuel Cordero, un director de teatro que recorría las provincias. Alfonsina reemplaza a una actriz que se enferma. Esto la decide a proponerle a su madre que le permita convertirse en actriz y viajar con la compañía. Recorre Santa Fe, Córdoba, Mendoza, Santiago del Estero y Tucumán. Después dirá que representó Espectros, de Ibsen, La loca de la casa, de Pérez Galdós, y Los muertos, de Florencio Sánchez.

Poeta en Buenos Aires

Su primer libro, La inquietud del rosal, publicado con grandes dificultades económicas, apareció en 1916. En un homenaje al novelista Manuel Gálvez, por primera vez en Buenos Aires, en esta clase de reuniones, aparece Alfonsina recitando con aplomo sus propios versos. En junio de 1916, aparece en Mundo Argentino un poema titulado «Versos otoñales». Aunque los versos son apenas aceptables, sorprende su capacidad de mirarse por dentro, que por entonces no era común en los poetas de su generación.
Comienzan sus visitas a la ciudad de Montevideo, donde hasta su muerte frecuentará amigos uruguayos. Juana de Ibarbourou lo contó años después de la muerte de la poetisa argentina: «En 1920 vino Alfonsina por primera vez a Montevideo. Era joven y parecía alegre; por lo menos su conversación era chispeante, a veces muy aguda, a veces también sarcástica. Levantó una ola de admiración y simpatía… Un núcleo de lo más granado de la sociedad y de la gente intelectual la rodeó siguiéndola por todos lados. Alfonsina, en ese momento, pudo sentirse un poco reina».

La amistad de Quiroga, el escritor de la selva

En 1922, Alfonsina ya frecuentaba la casa del pintor Emilio Centurión, de donde surgiría posteriormente el grupo Anaconda. Allí conoció, seguramente, al escritor uruguayo Horacio Quiroga, que había llegado de su refugio en San Ignacio, Misiones, durante el año 1916. Su personalidad debió atraer a Alfonsina. Un hombre marcado por el destino, perseguido por los suicidios de seres queridos, que, además, se había atrevido a exiliarse en Misiones, e intentado allí forjar un paraíso. En 1922, era ya el autor de sus libros más importantes, Cuentos de la selva, Anaconda, El desierto. Vivía modestamente de sus colaboraciones en diarios y revistas y desempeñó un papel protagónico en el intento de profesionalizar la escritura. Alfonsina había publicado sus libros Irremediablemente (1919) y Languidez (1920).

Un nuevo camino para la poesía

En el año 1923, la revista Nosotros, que lideraba la difusión de la nueva literatura argentina, y con hábil manejo formaba la opinión de los lectores, publicó una encuesta, dirigida a los que constituyen «la nueva generación literaria». La pregunta está formulada sencillamente: «¿Cuáles son los tres o cuatro poetas nuestros, mayores de treinta años, que usted respeta más?».

Alfonsina Storni tenía en ese entonces treinta y un años recién cumplidos, es decir, que apenas bordeaba la cifra exigida para constituirse en «maestro de la nueva generación». Su libro Languidez, de 1920, había merecido el Primer Premio Municipal de Poesía y el Segundo Premio Nacional de Literatura, lo que la colocaba muy por encima de sus pares. Muchas de las respuestas a la encuesta de Nosotros coinciden en uno de los nombres: Alfonsina Storni.

Mil novecientos veinticinco fue el año de la publicación de Ocre, un libro que marca un cambio decisivo en su poesía. Desde hace dos años es profesora de Lectura y declamación en la Escuela Normal de Lenguas Vivas, y su postura como escritora está absolutamente afianzada entre el público y sus iguales. Por aquella época muere José Ingenieros, y esto la deja un poco más sola.

Hasta la casa de la calle Cuba llega una tarde la chilena Gabriela Mistral. El encuentro debió ser importante para la chilena, ya que publicó su relato ese año en El Mercurio. Llamó por teléfono a Alfonsina antes de ir, y le impresionó gratamente su voz, pero le habían dicho que era fea y entonces esperaba una cara que no congeniara con la voz. Por eso cuando la puerta se abre pregunta por Alfonsina, porque la imagen contradice a la advertencia. «Extraordinaria la cabeza, recuerda, pero no por rasgos ingratos, sino por un cabello enteramente plateado, que hace el marco de un rostro de veinticinco años». Insiste: «Cabello más hermoso no he visto, es extraño como lo fuera la luz de la luna a mediodía. Era dorado, y alguna dulzura rubia quedaba todavía en los gajos blancos. El ojo azul, la empinada nariz francesa, muy graciosa, y la piel rosada, le dan alguna cosa infantil que desmiente la conversación sagaz y de mujer madura». La chilena queda impresionada por su sencillez, por su sobriedad, por su escasa manifestación de emotividad, por su profundidad sin trascendentalismos. Y sobretodo por su información, propia de una mujer de gran ciudad, «que ha pasado tocándolo todo e incorporándoselo» (1).

El 20 de marzo de 1927 se estrena su obra de teatro, que despertaba las expectativas del público y de la crítica. El día del estreno asistió el presidente Alvear con su esposa, Regina Pacini. 


Años de equilibrio

Alfonsina intervino en la creación de la Sociedad Argentina de Escritores. En 1928 viajó a España en compañía de la actriz Blanca de la Vega, y repitió su viaje en 1931, en compañía de su hijo. Allí conoció a otras mujeres escritoras, y la poeta Concha Méndez le dedica algunos poemas. En 1932, publicó sus Dos farsas pirotécnicas: Cimbelina y Polixene y la cocinerita. Está tranquila, colabora en el diario Crítica y en La Nación; sus clases de teatro son la rutina diaria, y su rostro empieza a cambiar. Las canas cubren su cabeza y le dan un aire diferente.

En la Peña del café Tortoni conoció a Federico García Lorca, durante la permanencia del poeta en Buenos Aires entre octubre de 1933 y febrero de 1934. Le dedicó un poema, «Retrato de García Lorca», publicado luego en Mundo de siete pozos (1934). Allí dice: «Irrumpe un griego /por sus ojos distantes (…). Salta su garganta /hacia afuera /pidiendo /la navaja lunada /aguas filosas (…). Dejad volar la cabeza, /la cabeza sola /herida de hondas marinas /negras…».

El 20 de mayo de 1935 Alfonsina fue operada de un cáncer de mama.

En 1936 se suicida Horacio Quiroga y ella le dedicó un poema de versos conmovedores y que presagian su propio final:

El final

El veintiséis de enero de 1938, en Colonia, Uruguay, Alfonsina recibe una invitación importante. El Ministerio de Instrucción Pública ha organizado un acto que reunirá a las tres grandes poetisas americanas del momento, en una reunión sin precedentes: Alfonsina, Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral. La invitación pide «que haga en público la confesión de su forma y manera de crear». Tiene que prepararse en un día y, llena de entusiasmo, escribe su conferencia sobre una valija que ha puesto en las rodillas. Divertida, encuentra un título que le parece muy adecuado: «Entre un par de maletas a medio abrir y las mancillas del reloj».

Hacia mitad de año apareció Mascarilla y trébol y una Antología poética con sus poemas preferidos. Los meses que siguen fueron de incertidumbre y temor por la renuencia de la enfermedad. El 23 de octubre viajó a Mar del Plata y hacia la una de la madrugada del martes veinticinco Alfonsina abandonó su habitación y se dirigió al mar. Esa mañana, dos obreros descubrieron el cadáver en la playa. A la tarde, los diarios titulaban sus ediciones con la noticia: «Ha muerto trágicamente Alfonsina Storni, gran poetisa de América». A su entierro asistieron los escritores y artistas Enrique Larreta, Ricardo Rojas, Enrique Banchs, Arturo Capdevila, Manuel Gálvez, Baldomero Fernández Moreno, Oliverio Girondo, Eduardo Mallea, Alejandro Sirio, Augusto Riganelli, Carlos Obligado, Atilio Chiappori, Horacio Rega Molina, Pedro M. Obligado, Amado Villar, Leopoldo Marechal, Centurión, Pascual de Rogatis, López Buchardo.